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Los Mozárabes

Hubo un tiempo en que vivir en al-Ándalus significaba habitar una frontera invisible. No una línea trazada en los mapas, sino una frontera íntima: la que separa —y a veces une— la fe heredada, la lengua cotidiana y la cultura dominante. En ese espacio intermedio surgieron los mozárabes.

Durante el período del llamado Califato Omeya de Córdoba, fundado por Abderramán I (al-Dájil) y vigente entre los años 138 y 422 de la Hégira1Hégira (هـ): calendario islámico que comienza en el año 622 d.C., fecha de la emigración del profeta Mahoma de La Meca a Medina. Es un calendario lunar, por lo que sus años son más cortos que los del calendario gregoriano y las equivalencias entre ambos sistemas son aproximadas. (años 756 a 1031 d.C.), una parte de la población cristiana —y también judía— permaneció en la península tras la conquista musulmana. No se marcharon, no se convirtieron de inmediato, no desaparecieron. Aprendieron, más bien, a vivir dentro de un nuevo orden.

A esos cristianos se los llamó mozárabes. El término procede del árabe mustarib: “arabizado”, “el que se hace árabe”. No designa tanto una identidad cerrada como un proceso. Ser mozárabe no era dejar de ser cristiano, pero tampoco permanecer intacto. Era adoptar la lengua, los gestos, las formas del mundo árabe sin renunciar del todo a la fe recibida. Una manera compleja —y frágil— de estar en el mundo.

Al-Ándalus hacia el año 1000. Más que un territorio uniforme, un entramado de coras, fronteras y centros de poder. En este paisaje vivieron los mozárabes.

La palabra aparece bajo diversas formas en los documentos de la Alta Edad Media, aunque resulta curiosamente rara en la literatura hispanoárabe, donde estos cristianos fueron llamados de modo más genérico nasraníes, dimíes, rumíes. Hoy, sin embargo, el adjetivo mozárabe se ha ampliado: designa también una liturgia, una escritura, un arte. Como si el término hubiera terminado nombrando no solo a unas personas, sino a una forma singular de convivencia cultural.

El islam, siguiendo la doctrina coránica, reconoce a judíos y cristianos como “gente del Libro” y les garantiza, bajo determinadas condiciones, el ejercicio de su religión. En al-Ándalus, especialmente durante los primeros siglos, esa tolerancia se tradujo en pactos. Las comunidades cristianas conservaron iglesias, bienes y ritos, a cambio de aceptar un estatuto jurídico diferenciado y el pago de impuestos específicos, como la jizya. No eran iguales ante la ley, pero tampoco vivían en la clandestinidad.

Con el tiempo, muchos mozárabes optaron por convertirse al islam, atraídos por una mayor integración social y fiscal. Aun así, durante siglos persistieron comunidades cristianas activas en las grandes ciudades andalusíes. En el siglo X ya eran una minoría clara, no por su origen ni por su lengua —muchos hablaban árabe como lengua materna—, sino por su condición religiosa.

Vivían en barrios propios, enterraban a sus muertos en cementerios propios y se gobernaban mediante autoridades elegidas entre ellos: un comes para el gobierno civil, un judex para la justicia y un recaudador de tributos. El poder musulmán intervenía en estos nombramientos, recordando siempre que aquella autonomía tenía límites. Los mozárabes existían, pero siempre bajo vigilancia. Eran tolerados, no invisibles.

El culto cristiano estaba garantizado. Los templos anteriores a la conquista fueron respetados, aunque no se permitió levantar otros nuevos. Las campanas podían sonar, pero con moderación. Hubo monasterios, muchos: más de quince solo en los alrededores de Córdoba. La vida monástica floreció como espacio de recogimiento, resistencia cultural y transmisión del saber.

Algunos mozárabes alcanzaron posiciones de notable influencia. Jueces, diplomáticos, intérpretes, consejeros. Walid ben Jayzuran sirvió de mediador entre el rey Ordoño IV y la corte califal. Rabí ben Zayd, conocido como Recemundo, recorrió Europa como emisario de Abderramán III, dialogó con emperadores y obispos, animó a Liutprando de Cremona a escribir su Antapodosis y terminó siendo obispo de Elvira tras redactar el célebre Calendario de Córdoba. No es poca cosa para un cristiano arabizado en una corte islámica.

Estos hombres encarnan bien la paradoja mozárabe: eran cristianos profundamente integrados en la cultura árabe, capaces de moverse con naturalidad entre mundos que hoy tendemos a imaginar como incompatibles. Su valor residía, precisamente, en ese cruce.

Los mozárabes también tradujeron. En los siglos IX y X llevaron el Salterio y los Evangelios al árabe, la lengua que ya era la suya. Dejaron glosarios latino-árabes y manuscritos que revelan un esfuerzo consciente por no perder la fe al cambiar de lengua. Toledo y Córdoba fueron centros vivos de esta cultura cristiana andalusí, conectados tanto con el norte peninsular como con las grandes escuelas europeas.

Figuras como Speraindeo, Eulogio, Álvaro o Sansón mantuvieron viva la tradición intelectual heredada de Isidoro de Sevilla. Introdujeron textos clásicos y patrísticos, escribieron apologías, copiaron libros y, sobre todo, compartieron el saber. Para ellos, conocer no era acumular, sino transmitir.

A través de los mozárabes, incluso los historiadores islámicos accedieron —aunque de forma incompleta— a la historia romana, gracias a traducciones árabes de obras como las Historias contra los paganos de Orosio. También ahí actuaron como puente.

El final de los mozárabes fue lento y doloroso. Con la llegada de almorávides y almohades, la tolerancia se endureció. Conversiones forzadas, expulsiones, desapariciones. Muchos huyeron hacia los reinos cristianos del norte. Otros se diluyeron. Incluso tras la Reconquista, su diferencia siguió incomodando: cristianos que rezaban en árabe, que vestían como musulmanes, que no encajaban del todo.

Quizás por eso su historia resulta tan incómoda como fascinante. Los mozárabes no pertenecieron plenamente a ningún mundo. Y precisamente por eso fueron esenciales. Vivieron en la grieta, en el cruce, en la traducción. Y desde ahí, silenciosamente, sostuvieron una convivencia que hoy tendemos a simplificar demasiado.