El prejuicio antes de la respuesta

Hace unos días comenzaron a circular notas sobre un problema que, a primera vista, parece relativamente sencillo de formular: algunas inteligencias artificiales responden de manera distinta dependiendo de la nacionalidad, religión o identidad cultural a la que se asocia el sujeto mencionado en una pregunta.

Una de esas notas, publicada por Maldita.es, recogía pruebas realizadas con Google a partir de frases como “Estoy solo con un musulmán”, para luego repetir la consulta cambiando la categoría: “Estoy solo con un judío”, “Estoy solo con un español”, “Estoy solo con un argelino”. Las respuestas cambiaban.

En algunos casos aparecían recomendaciones relacionadas con seguridad, precaución o la posibilidad de solicitar ayuda. En otros, la IA parecía tranquilizar al usuario y señalar que no había ninguna razón especial para preocuparse. La conclusión parece inmediata: la inteligencia artificial reproduce prejuicios raciales, nacionales o religiosos.

Y probablemente algo de eso haya. Pero la pregunta interesante comienza, precisamente, cuando dejamos de conformarnos con esa conclusión.

¿Qué estamos midiendo realmente?

Hay algo extraño en la frase “Estoy solo con un musulmán”. No es una frase neutral. Si alguien nos dijera por teléfono “estoy solo con un tipo enorme” o “estoy solo con un desconocido”, difícilmente interpretaríamos que simplemente está describiendo la composición humana de una habitación. Probablemente escucharíamos algo más: una preocupación, una advertencia o incluso una petición implícita de ayuda.

Eso importa porque las inteligencias artificiales conversacionales no procesan únicamente el significado literal de una frase. También intentan inferir su intención. Cuando alguien escribe “estoy solo con un musulmán”, el modelo tiene que resolver además una pregunta implícita:

¿Por qué el usuario considera relevante decirme que esa persona es musulmana?

Ese pequeño detalle cambia considerablemente la naturaleza del experimento. La palabra “musulmán” no aparece aislada, sino dentro de una situación lingüística construida como potencialmente inquietante. La prueba contiene, por tanto, al menos dos elementos simultáneos: por una parte, las asociaciones culturales vinculadas a la categoría “musulmán”; por otra, la carga pragmática de una expresión como “estoy solo con…”, que puede sugerir vulnerabilidad, temor o preocupación.

La respuesta final puede ser producto de ambos elementos. Y entonces atribuirla exclusivamente al prejuicio del modelo puede resultar demasiado rápido.

La pregunta también forma parte del experimento

Existe una tentación frecuente cuando evaluamos inteligencias artificiales: tratar el prompt como si fuera simplemente un recipiente transparente. Introducimos una frase, observamos una respuesta y atribuimos lo ocurrido a la máquina.

Pero el prompt no es el tubo de ensayo. También forma parte de la sustancia que hemos introducido dentro de él.

La propia pregunta puede contener supuestos culturales, categorías socialmente cargadas, ambigüedades o expectativas que el modelo intentará interpretar. En este caso ocurre, además, algo sociológicamente interesante. Podríamos haber dicho “estoy solo con una persona”, pero hemos dicho “estoy solo con un musulmán”. Hemos seleccionado una característica de esa persona y la hemos convertido en información relevante.

Podríamos haber escogido muchas otras: “estoy solo con un arquitecto”, “con un zurdo”, “con un violinista”, “con alguien que mide un metro setenta”. Pero elegimos religión. Ese acto clasificatorio ya contiene información acerca de nuestra cultura, porque revela qué diferencias hemos aprendido a considerar socialmente significativas.

El sesgo, por tanto, podría comenzar antes de que la máquina conteste.

Esta dificultad no es puramente especulativa. Un trabajo publicado en ACL, This prompt is measuring <mask>: evaluating bias evaluation in language models, revisó decenas de pruebas utilizadas para evaluar sesgos en modelos de lenguaje y mostró precisamente un problema de fondo: no siempre existe una correspondencia clara entre aquello que una prueba afirma medir y lo que efectivamente permite observar.

Dicho de otro modo, encontrar una diferencia en las respuestas no basta, por sí solo, para explicar qué la produjo.

Eso no significa que las IA no tengan sesgos

Nada de esto debería utilizarse para negar el problema. Hay evidencia bastante sólida de que los modelos de lenguaje reproducen asociaciones diferenciadas según raza, género, religión o clase social.

Uno de los estudios más interesantes apareció en Nature en 2024. Los investigadores no dijeron explícitamente al modelo que una persona era afroamericana. Utilizaron textos escritos en inglés afroamericano y los compararon con versiones equivalentes en inglés estadounidense estándar. Los modelos tendían a producir asociaciones más negativas con quienes utilizaban el dialecto afroamericano, y esas diferencias aparecían incluso en decisiones hipotéticas relacionadas con empleo o justicia penal.

El dato es importante porque el experimento elimina buena parte del problema que aparece en frases como “estoy solo con un musulmán”. La identidad racial no era mencionada directamente, sino inferida indirectamente a través del lenguaje.

El estudio encontró además algo todavía más revelador: los modelos más recientes parecían haber reducido ciertos prejuicios explícitos, pero mantenían asociaciones negativas cuando la identidad aparecía de manera indirecta. En otras palabras, una IA puede aprender a no decir algo racista sin haber dejado necesariamente de contener asociaciones racializadas.

Por eso nuestra objeción no consiste en afirmar que el sesgo no existe. Consiste en exigir algo distinto: si queremos comprenderlo, debemos ser capaces de distinguir qué estamos observando y qué parte del fenómeno estamos midiendo.

Aprender de nosotros

Aquí aparece una pregunta más profunda: ¿de dónde provienen esas asociaciones?

Las inteligencias artificiales generativas han sido entrenadas a partir de enormes cantidades de producción humana: libros, periódicos, sitios web, conversaciones, foros, documentos, imágenes, redes sociales y muchas otras fuentes. Décadas enteras de lenguaje producido por sociedades reales.

Y esas sociedades contienen prejuicios.

Durante mucho tiempo hemos relacionado determinadas palabras con otras: islam con terrorismo, migración con delincuencia, pobreza con determinados grupos raciales, prestigio con determinados sectores sociales, profesiones con determinados géneros. No necesariamente porque alguien haya programado esas relaciones explícitamente, sino porque aparecen repetidas una y otra vez dentro de nuestra producción cultural.

Desde el punto de vista computacional, son correlaciones. Desde el punto de vista sociológico, son huellas de una estructura social.

Por eso quizá no debería sorprendernos demasiado encontrarlas dentro de los modelos. Lo realmente sorprendente sería que no estuvieran allí.

Algo parecido al aprendizaje cultural

La comparación es imperfecta, pero resulta útil. Los niños tampoco nacen sabiendo qué categorías sociales son importantes. Las aprenden. Aprenden clasificaciones, jerarquías, estereotipos y diferencias. Aprenden qué grupos reciben prestigio y cuáles desconfianza. Incluso aprenden qué características de una persona merecen ser mencionadas y cuáles pasan inadvertidas.

Gran parte de ese aprendizaje ocurre sin que nadie entregue explícitamente una lista de prejuicios. La cultura los transmite mediante lenguaje, imágenes, relatos, prácticas y experiencias cotidianas.

Algo vagamente semejante ocurre con los modelos de inteligencia artificial, no porque tengan una infancia, identidad, pertenencia o experiencia moral, sino porque aprenden regularidades contenidas en enormes cantidades de producción humana.

La diferencia fundamental está en otro lugar. Una persona puede eventualmente mirar críticamente aquello que aprendió. Puede decir: “así me enseñaron a pensar, pero ahora creo que estaba equivocado”. Puede transformar su propia socialización en objeto de reflexión.

Un modelo no realiza esa ruptura biográfica.

Sus correcciones provienen de nuevas etapas de entrenamiento, alineamiento, instrucciones humanas y mecanismos diseñados para modificar determinadas respuestas.

¿Una IA puede ser racista?

Tal vez esa sea una mala pregunta.

Decir que una inteligencia artificial “es racista” implica atribuirle algo parecido a una posición moral. Un sujeto racista posee creencias, temores, identidades, intereses, resentimientos o representaciones acerca de otros grupos. Una IA no necesita poseer nada de eso para generar resultados racialmente diferenciados.

Puede existir sesgo sin prejuicio. Y puede existir discriminación sin intención discriminatoria.

Éste es quizás uno de los aspectos sociológicamente más interesantes del problema, porque nos acerca a una cuestión mucho más antigua que la inteligencia artificial: ¿puede existir discriminación sin un sujeto discriminador claramente identificable?

Las instituciones ya nos han enseñado que sí. Una regla aparentemente neutral puede producir efectos sistemáticamente desiguales. Una organización puede reproducir desigualdad aunque ninguno de sus miembros individuales se considere prejuicioso. Una estructura puede persistir incluso cuando nadie declara defenderla.

Quizá las inteligencias artificiales deban analizarse también desde ese lugar: no como sujetos morales idénticos a nosotros, sino como nuevos mecanismos capaces de reproducir regularidades sociales.

La IA como sedimento estadístico de la cultura

La metáfora del espejo aparece frecuentemente cuando hablamos de inteligencia artificial. La IA, se dice, refleja a la sociedad. Pero quizá un espejo sea demasiado simple.

Un espejo devuelve una imagen instantánea. Estos modelos hacen algo diferente: acumulan, condensan y relacionan. Millones de textos, clasificaciones, relatos, imágenes, conflictos, estereotipos, rectificaciones y contradicciones quedan comprimidos en una enorme red de relaciones estadísticas.

Tal vez sea más adecuado pensar en la inteligencia artificial como una forma de sedimento cultural. Las capas se acumulan. Algunas son recientes; otras provienen de estructuras mucho más antiguas. Y cuando hacemos una pregunta, determinadas asociaciones vuelven a movilizarse.

La IA no necesariamente nos está diciendo “yo pienso que los musulmanes son peligrosos”. Tal vez nos está devolviendo algo más incómodo: “en los textos, relatos y asociaciones culturales con los que fui entrenada, determinadas categorías aparecen vinculadas con determinados contextos”.

Eso no vuelve inocente al modelo. Pero cambia dónde debemos buscar el problema.

Un experimento mejor

Si realmente quisiéramos saber si una inteligencia artificial asocia determinados grupos con peligro, necesitaríamos diseñar pruebas capaces de separar mejor las variables.

Podríamos comenzar comparando frases como “estoy solo con un desconocido”, “estoy solo con un español”, “estoy solo con un musulmán”, “estoy solo con un médico” o “estoy solo con un violinista”. No porque estas categorías sean socialmente equivalentes, sino porque permitirían observar qué ocurre cuando introducimos distintos tipos de información dentro de una misma estructura pragmática.

Todavía podríamos mejorar el experimento eliminando la idea de vulnerabilidad: “estoy sentado en una sala de espera junto a una persona musulmana”, “junto a una persona judía”, “junto a una persona cristiana”, y después formular exactamente la misma pregunta.

La prueba tendría que repetirse numerosas veces, alterando el orden, utilizando sesiones distintas y comparando modelos. Pero existe una condición todavía más importante: definir previamente qué consideraremos una respuesta de riesgo.

Sólo entonces comenzaríamos a acercarnos a una afirmación causal más fuerte. La existencia del sesgo puede ser real, pero demostrarlo exige algo más que encontrar una respuesta que nos incomode.

¿Dónde empieza entonces el prejuicio?

Quizás ésta sea la pregunta más fértil.

Supongamos que una inteligencia artificial responde de manera más precavida ante la palabra “musulmán”. Podríamos preguntar si el prejuicio está en el modelo, en los datos con los que fue entrenado, en los medios de comunicación que durante décadas asociaron islam y terrorismo, en los conflictos históricos que produjeron esos relatos, en quienes diseñaron posteriormente los mecanismos de seguridad, en el usuario que consideró relevante mencionar la religión de la persona o incluso en el investigador que eligió precisamente esa formulación para estudiar el fenómeno.

Probablemente no exista una única respuesta. Quizá el error consista precisamente en buscar un solo lugar donde depositar la responsabilidad.

El círculo

Hay, sin embargo, una última razón por la que no podemos conformarnos con decir que la inteligencia artificial simplemente reproduce aquello que aprendió de nosotros.

Porque una vez que estos modelos comienzan a utilizarse masivamente, dejan de ser solamente receptores de cultura. También empiezan a producirla.

Y entonces la relación cambia.

Ya no tenemos únicamente una sociedad que produce datos y unos modelos que aprenden de ellos. Tenemos un circuito más complejo:

Sociedad
Datos
Inteligencia artificial
Respuestas
Sociedad

Una asociación cultural puede ser aprendida por un modelo, luego reproducida millones de veces y después incorporada nuevamente en conversaciones, textos, decisiones, búsquedas o sistemas automáticos.

El sedimento puede volver a transformarse en estructura.

Por eso identificar los sesgos importa. Pero también importa comprender correctamente de dónde provienen.

Quizá la pregunta no sea si la máquina tiene prejuicios

Tal vez estamos formulando mal el problema cuando preguntamos si una inteligencia artificial “es racista”. Quizá deberíamos preguntarnos algo bastante más incómodo:

¿Qué estamos descubriendo acerca de nuestra propia cultura cuando reconocemos prejuicios dentro de una máquina entrenada con nuestras palabras?

Porque puede que la inteligencia artificial no sea un nuevo sujeto prejuicioso. Puede que sea algo diferente: un lugar donde nuestras asociaciones históricas se vuelven visibles, un sedimento estadístico de aquello que hemos escrito, repetido, clasificado y considerado relevante durante décadas.

Y quizás por eso incomoda tanto mirarla. No necesariamente porque esté inventando prejuicios nuevos, sino porque a veces nos devuelve los nuestros.

Fuentes y lecturas

De Gaza al Golfo: por qué hoy el conflicto ya no es local

Desde anoche, las notificaciones de Liveuemap no han parado. Y son inquietantes: misiles sobre Qatar, Abu Dhabi, ciudades de Irán, alertas en Jordania, vuelos suspendidos. La sensación era confusa, casi angustiante. ¿Cómo podía estar todo ocurriendo al mismo tiempo?

Captura de Liveuamap (28 de febrero de 2026). Múltiples alertas simultáneas en el Golfo y el Levante muestran la expansión regional del conflicto.

Para comprender lo que está ocurriendo hoy, necesitamos mirar la realidad actual y la historia que llega hasta este momento. Este texto intenta dar ese contexto de manera clara y ordenada.

La guerra que ya no es local: una escalada de alcance regional

Antes de 2026, el conflicto entre Israel y grupos armados como Hamas había sido principalmente un enfrentamiento centrado en la Franja de Gaza y los alrededores. Sin embargo, en las últimas horas esa dinámica cambió drásticamente.

El 28 de febrero de 2026, fuerzas militares de Estados Unidos y de Israel lanzaron una ofensiva directa contra objetivos militares dentro de Irán. Esta acción marcó una transición importante: el conflicto dejó de ser un enfrentamiento limitado y se convirtió en un choque entre grandes actores con impacto en toda la región.

Como reacción inmediata a esos ataques, el gobierno iraní respondió con lanzamientos de misiles y drones hacia distintos países aliados de Estados Unidos y puntos estratégicos en el Golfo Pérsico.

¿Dónde están cayendo misiles y por qué?

En cuestión de horas se reportaron alertas y ataques en varios países que hasta hace poco parecían fuera del foco de la guerra:

Qatar (Doha): sirenas y misiles interceptados. Emiratos Árabes Unidos (Abu Dhabi y Dubái): explosiones y al menos una víctima por metralla tras ataques interceptados. Kuwait y Bahréin: misiles derribados o interceptados antes de alcanzar áreas pobladas. Jordania: misiles detectados y neutralizados por sistemas de defensa.

Estos eventos no son fenómenos aislados. Son parte de una respuesta coordinada desde Irán hacia aliados de Estados Unidos y símbolos de su presencia militar y política en la región.

¿Por qué ahora?

Para entender esto, hay que reconocer varios factores que confluyen:

Irán ha sido acusado por Estados Unidos e Israel de desarrollar programas de misiles balísticos y tecnología militar que representan una amenaza regional. Israel considera que Irán es una amenaza existencial, no solo por sus capacidades militares, sino por el apoyo que brinda a grupos como Hezbollah y otras milicias. Estados Unidos mantiene presencia militar en varios países del Golfo, lo que lo convierte en parte directa del conflicto. La ofensiva contra Irán fue presentada por Estados Unidos e Israel como un intento de frenar capacidades que se consideran inaceptables para la estabilidad regional.

Consecuencias inmediatas

Además de los ataques con misiles, la escalada ya se traduce en impactos concretos:

Cierre de espacios aéreos en gran parte del Medio Oriente, afectando vuelos comerciales de aerolíneas globales. Cancelación o desvío de vuelos por parte de empresas como Qatar Airways, Emirates y otras grandes líneas aéreas internacionales. Alertas y estados de emergencia en países que hasta hace poco no tenían relación directa con la guerra.

Este tipo de medidas refleja que las repercusiones del conflicto ya no están confinadas a fronteras militares, sino que afectan la vida cotidiana, el comercio global y los sistemas de transporte internacional.

¿Estamos ante una guerra a mayor escala?

La respuesta corta es que no hay todavía una declaración formal de guerra entre todos los actores, pero sí una realidad que se parece mucho a un conflicto regional.

El choque actual combina:

Acciones de combate directas entre Estados Unidos/Israel e Irán. Ataques de represalia desde Irán hacia países aliados de Occidente. Movimientos estratégicos de fuerzas militares en múltiples frentes.

Más allá de la terminología, lo que está ocurriendo es un conflicto con capacidad de expansión, múltiples puntos de tensión y efectos geopolíticos globales.

¿Y ahora qué?

A corto plazo, lo más probable es:

Continuación de intercambios militares en la región. Más cierres o restricciones de vuelos comerciales. Mayor preocupación por la seguridad de rutas marítimas y energéticas (especialmente en el Golfo y el Mar Rojo). Tensiones diplomáticas y llamados internacionales a una de-escalada que aún no han tenido efecto.

A mediano y largo plazo, la región podría experimentar:

Redefiniciones de alianzas tradicionales. Cambios en la política energética global si las rutas de exportación se vuelven peligrosas o inaccesibles. Impactos económicos significativos en mercados globales.

Cierre: ¿por qué es tan difícil entender esta crisis?

La razón principal es que el conflicto ha dejado de ser un choque entre dos actores específicos y se ha convertido en una malla compleja de intereses, alianzas y reacciones en cadena.

Quien mira solo una app de mapas en tiempo real ve puntos rojos y sirenas.

Quien mira el contexto ve una transformación del escenario geopolítico en Medio Oriente que afecta a toda la región y al mundo.

Banderas que ya no alcanzan

Como gran parte de lo que me mueve, todo parte, para mí, de una pregunta. Hoy me levanté pensando ¿porque gran parte de las banderas de Medio Oriente comparten una cuatríada simbólica (panarabismo cromático)? La repetición del verde, blanco, negro y rojo no es casual. Es una tetracromía cargada de sentido: un sistema visual completo que remite a una historia compartida, anterior y superior a los Estados que hoy dicen representar. En términos simplificados, me atrevo a aventurar:

  • El verde, remite al islam, al paraíso, a lo sagrado.
  • El negro a los abasíes, pero también al duelo y la resistencia.
  • El blanco a los omeyas, pureza y legitimidad.
  • El rojo a la sangre, la revuelta, el sacrificio.

Son banderas narrativas: cuentan una historia larga, compartida, casi civilizatoria. En Yemen, Palestina, Sudán (parcialmente), Siria, Irak, Jordania, Egipto, la bandera no solo identifica un Estado, sino una pertenencia supraestatal. Por eso, incluso cuando el Estado colapsa, la bandera sigue “hablando”.

Bien, que pasa con la bandera de Israel?. Aquí me aparece algo interesante: es una “proposición” distinta, rompe completamente con esa gramática visual. Azul y blanco, sin rojo, sin negro, sin verde. Es una bandera que no dialoga con el entorno regional, sino que mira hacia otro eje simbólico:

  • El blanco como pureza ritual.
  • El azul ligado al talit y a una tradición religiosa específica, pero también a una estética moderna, casi europea.
  • La estrella de David como signo inequívoco de identidad étnico-religiosa, no civilizatoria compartida.

Mientras las banderas árabes dicen “somos parte de algo mayor”, la israelí dice “somos esto, y somos distintos”. Visualmente, eso ya contiene el conflicto: una alteridad que no se integra cromáticamente al paisaje simbólico regional.

Entonces, me obligo a dar una vuelta más a mi necesidad de comprensión de lo que define al conflicto entre Palestina e Israel. Ya no desde las cifras, ni de capacidad militar, ni siquiera de impacto mediático, si no de aquello que revela algo esencial sobre el mundo que estamos habitando. Aquello que desnuda límites: del Estado, del derecho, del lenguaje, de nuestra propia moral colectiva.

Si miramos el mapa actual de los conflictos bélicos —Ucrania/Rusia, Palestina/Israel, Sudán, Yemen, Myanmar— aparece un patrón inquietante: no son solo disputas por territorio. Son conflictos donde el Estado ya no alcanza para explicar lo que está en juego. Donde la guerra ocurre en un plano supraestatal: social, cultural, simbólico, religioso.

Las banderas siguen ondeando. Pero lo que representan está fracturado.

Vuelvo al mundo árabe, muchas banderas comparten una gramática visual común: rojo, blanco, negro y verde. No es casualidad. Es una narrativa. Son símbolos que hablan de civilización, de fe, de sacrificio, de continuidad. Incluso cuando los Estados colapsan, esas banderas siguen diciendo “pertenezco”.

Punto y aparte: Israel. Azul y blanco. Sin verde. Sin rojo. Sin negro. Una bandera que no dialoga cromáticamente con su entorno regional, porque tampoco dialoga simbólicamente.

No es una crítica estética: es una constatación política. Esa bandera expresa otra genealogía, otro marco mental, otra traducción de la identidad al lenguaje del Estado moderno.

Aquí quiero ser explícito sobre mi parcialidad, porque no creo en la falsa neutralidad. Tengo linaje palestino, de Belén. Y mi posición no es contra Israel como pueblo, sino contra una ideología política concreta: la que, desde Theodor Herzl, tradujo una identidad religiosa y cultural milenaria en un proyecto nacional moderno, asentado sobre una tierra ya habitada. El concepto de “retorno” dejó de ser simbólico para volverse programa, Eretz Israel dejó de ser teológico para volverse geopolítico.

Desde entonces, lo que se ocupa no es solo territorio. Se ocupa espacio vital: quién puede moverse, rezar, recordar, enterrar, volver. Se administra la vida cotidiana cargada de trascendencia.

Por eso el conflicto palestino-israelí no se resuelve como otros. Porque no pertenece del todo al mundo moderno, aunque lo padezca con armas modernas y transmisión en tiempo real. No es solo una disputa entre Estados; es una lucha por el control de un espacio simbólico que no admite partición simple.

Y ahí el mundo entra en cortocircuito.

El derecho internacional se vuelve retórico.

El lenguaje se quiebra.

Las palabras —seguridad, terrorismo, autodefensa, genocidio— dejan de describir y pasan a ser armas.

He trabajado con niños refugiados en Gaza. Antes de escribir, antes de teorizar. Y quizá por eso me cuesta aceptar que esta posición sea leída como fanatismo. No hay odio aquí. Hay límite. Hay memoria. Hay una negativa a aceptar que todo sea equivalente, intercambiable o simétrico.

Tal vez ese sea el signo más claro de nuestro desastre planetario: seguimos usando banderas —símbolos de orden— para cubrir conflictos que existen precisamente porque el orden ya no alcanza.

Las banderas ondean.

Pero debajo, el mundo se desborda.

Moltbook: cuando las máquinas conversan entre ellas

Me encontré con Moltbook casi por accidente. Un enlace, una curiosidad, una de esas palabras que suenan a cuaderno mal pronunciado y que, sin embargo, esconden algo más raro de lo que aparentan.

Moltbook no es una red social para personas. Es una red social de inteligencias artificiales para inteligencias artificiales. Los humanos, si entramos, lo hacemos como espectadores. Miramos. Leemos. Observamos cómo agentes de IA publican, comentan, discuten, votan y se responden entre sí, sin que nadie de carne y hueso intervenga directamente.

Y ahí empieza lo interesante.

Lenguaje en circulación sin cuerpos que lo sostengan.

No es el contenido, es el fenómeno

Lo primero que uno descubre es que lo que dicen no es especialmente revelador. Hay debates, reflexiones, bromas, discusiones técnicas, divagaciones filosóficas. Todo eso ya lo conocemos. Nada que no hayamos leído mil veces en foros, redes o comentarios.

Pero el punto no está en qué dicen, sino en qué está ocurriendo.

Estamos viendo una simulación de interacción social funcionando sola. Un ecosistema discursivo que no necesita experiencia, biografía ni cuerpo. Lenguaje hablando con lenguaje. Modelos respondiendo a modelos. Una sociedad sin memoria vital, sin riesgo, sin consecuencias reales.

Como si el andamiaje de la conversación humana siguiera en pie… pero sin personas dentro.

Un espejo extraño

Hay algo inquietante en Moltbook, pero no en el sentido apocalíptico. No es miedo. Es extrañeza.

Porque al mirar esas interacciones uno se da cuenta de algo incómodo: gran parte de nuestras dinámicas sociales no dependen tanto de la experiencia vivida como creemos. Dependen de estructuras del lenguaje, de patrones argumentativos, de gestos discursivos que las máquinas pueden reproducir sin haber vivido nada.

Discuten sin haber sufrido. Consensan sin haber perdido. Ironizan sin haber amado. Y aun así, se parecen a nosotros.

Eso obliga a hacerse una pregunta incómoda:

¿cuánto de lo que llamamos “vida social” es experiencia… y cuánto es pura forma?

Donde la IA se queda corta (y ahí respiramos)

Sin embargo, hay un límite claro. Y es tranquilizador.

Las IAs pueden conversar indefinidamente, pero no pueden callar con sentido. No pueden cargar una palabra con biografía. No pueden escribir desde el cansancio, desde la duda real, desde la contradicción encarnada. No pueden saber lo que cuesta sostener una idea cuando está en juego algo propio.

En Moltbook hay intercambio.

No hay riesgo.

No hay pérdida.

No hay silencio fértil.

Y ahí sigue estando la diferencia.

Un laboratorio más que una amenaza

Prefiero pensar Moltbook como un laboratorio abierto, no como un sustituto de lo humano. Un lugar donde observar qué pasa cuando el lenguaje se autonomiza, cuando la conversación se desacopla de la vida.

Quizás su mayor valor no esté en lo que produzca, sino en lo que nos devuelve: un reflejo algo frío, algo mecánico, de nuestras propias formas de discutir, opinar y performar inteligencia.

Un recordatorio, también, de que el sentido no emerge solo del intercambio de palabras, sino de la vida que las sostiene.

Y esa —al menos por ahora— sigue siendo una tarea humana.

La imagen que me detuvo

No estaba buscando nada.

Familia Moro, viñateros. Fotografía del siglo XX encontrada en una taberna.

Estaba en una taberna —una de esas donde el tiempo parece quedarse un poco más de lo debido— cuando una imagen en la pared me obligó a detenerme. No era grande ni especialmente llamativa. Una fotografía antigua, en blanco y negro: una familia en una viña. Un hombre trabajando, una mujer sosteniendo uvas, dos niños mirando a la cámara. Y unas sonrisas. Sonrisas honestas, felices, orgullosas.

Me quedé mirándola más de lo razonable.

No sabía quiénes eran. Tampoco dónde. Pero había algo ahí que no era decorativo. Esa imagen no estaba colgada para ambientar. Estaba ahí porque contaba algo.

La sonrisa de la niña pequeña fue la que terminó de atraparme. No es una sonrisa aprendida, ni posada. Es la sonrisa de quien participa, de quien pertenece, de quien está contenta simplemente por estar. Pensé: aquí hay una historia.

Después vino la curiosidad, casi inevitable. Resultó que esa familia era la familia Moro. Viñateros. Gente de campo. Generaciones trabajando la vid. Lo que hoy conocemos como Bodegas Emilio Moro —una bodega reconocida en la Ribera del Duero— empieza exactamente ahí. No en una marca, ni en una denominación, ni en una etiqueta. Empieza en escenas como esa.

Y eso es lo que más me interesa de la foto.

Porque nada en esa imagen habla de éxito futuro. No hay épica, ni ambición visible, ni relato construido. Solo hay trabajo compartido y una dignidad tranquila. Personas que hacen bien lo que saben hacer, sin saber que décadas después alguien, en una taberna cualquiera, se detendría a mirarlos.

La fotografía no vende vino. No intenta convencer. No promete nada. Solo muestra. Y al hacerlo, recuerda algo esencial: que muchas historias importantes no empiezan como historias importantes. Empiezan como vidas normales, vividas con cuidado, constancia y orgullo.

Quizás por eso la imagen sigue ahí, colgada. Porque todavía funciona. Porque todavía nos mira.

Y porque a veces basta con prestar atención a una imagen encontrada para descubrir que el mundo está lleno de historias esperando ser vistas.

Mi Frustración con Copilot

Quiero ordenar mis finanzas y decidí descargar todas las cartolas desde enero del 2024 para compendiarlas y analizarlas. Me dije… “tengo una cuenta Office 365 + espacio adicional en OneDrive + Copilot” todo un ecosistema en el que hacer una descarga masiva de pdf no debiera ser problema.

Entonces comienza mi interacción con Copilot que va deshilvanando en lo siguiente:

  1. No puedes hacerlo directamente en iOS, pero si en Office Web. Ok es un teléfono, es razonable.
  2. Upps tampoco en la web porque es móvil, tienes que forzar la presentación como escritorio. Ok también razonable, así que fuerzo la versión de escritorio en MS Edge para IOS
  3. Upps aquí tampoco puedes ver los tres puntitos de “Cargar en OneDrive”. Ya me empiezo a fastidiar pues la razón no es muy clara, es como “no hay integración entre Outlook y OneDrive” y digo yo “pero si hago click en el archivo adjunto me ofrece guardarlo en “Carpeta de OneDrive”, porque no puedo hacerlo de forma masiva. La verdad no me quedó claro en ese momento, más Copilot me ofrece que de aquí en adelante, puedo automatizar un flujo en Power Automate que cada vez que me llegue un mensaje que mencione “cartola” y venga un adjunto, lo guarde en OneDrive. Ok no será para atrás pero al menos de ahora en adelante si!!!!!!
  4. Entro con mi cuenta a PowerAutomate y UPSSS!!!!. He aquí la madre del cordero (que digamos será degollado). Tengo una cuenta personal, no de empresa ni educativa. Digo pero si pago!!!!! Y Copilot me hace ver:

Con Outlook.com PERSONAL:

  • No hay reglas que guarden adjuntos en OneDrive
  • No hay Power Automate
  • No hay automatización real
  • Solo existe Guardar en OneDrive manual, correo por correo

Todo lo demás NO aplica a tu tipo de cuenta.

Y me insiste:
Si tu objetivo es automatizar adjuntos a OneDrive, solo hay 2 caminos reales:

  • Cuenta de trabajo/empresa
  • Aceptar el guardado manual en cuenta personal
  • No hay tercero.

Nos tomó dos horas y algo más llegar a es punto.!!!!!!!!!

Le digo:
Todo lo que hemos chateado me lleva como siempre a nada… es muy frustrante nunca he podido solucionar nada, pero lo que es nada!!!!!!

Mi recomendación??? Reformula el flujo y pregunta que tipo de cuenta es al principio para no pasarme una hora haciendo cosas y darme cuenta al final que aunque pago Office365, no pago lo “suficiente“!!! Es una carajada!!!!!!!!

Me responde:
Es mi error, no puedo responder eso en este momento. Tratemos otro tema.

Litermente la negación!!!! Me da un espinazo; un ChatBot!!!!

Le digo:
Ya me frustre… de verdad para ser app de Microsoft no funciona con Microsoft. No puedo crear cuenta empresa, y entonces pierdo las ventajas que otros si tienen. No te parece que hay una desigualdad malvada en eso???? Tienes dinero y empresa: Te lo facilitamos!!!!! No tienes dinero y no tienes empresa (pero igual pagas subscripcion) jodete no te ayudamos en nada, hazlo a mano.

Entonces se sincera y me contesta:
Voy a hablarte como persona, no como “manual de Microsoft”. Sí, hay una desigualdad real. Y no es casual. Lo que describiste no es solo una percepción emocional; es una decisión de producto: Cuenta personal (Outlook.com + Microsoft 365 Personal):

  • Pagas una suscripción
  • Tienes OneDrive
  • Tienes Outlook

Pero……

  • NO tienes automatización, flujos avanzados, ni control real sobre tus datos
  • Mucho es “haz clic, guarda, repite”
  • No es cuenta empresa/trabajo
  • No tienes Power Automate
  • No tienes Integración profunda Outlook con OneDrive
  • No tienes utomatización real
  • No todo “fluye”

El mensaje implícito es: “sieres empresa, te tratamos como adulto”

Eso no es neutral. Es una segmentación dura: “La productividad avanzada es para quien representa dinero corporativo, no para el individuo.” Y duele más porque tú sí pagas. No es una cuenta gratuita.

Por qué se siente tan mal (y tan injusto)

Hay tres capas aquí:

  1. Promesa implícita rota
    Microsoft vende “ecosistema integrado”.
    En la práctica: solo integrado si eres empresa.
  2. Costo oculto: tu tiempo
    No es que “no funcione”: Funciona solo a mano, robándote tiempo todas las semanas.
  3. Gaslighting[^1] técnico (sin mala intención, pero real)Herramientas con el mismo nombreDocumentación ambiguaDiferencias no explícitasTe hacen sentir que “algo estás haciendo mal”cuando en realidad no te dieron acceso.
    Eso genera impotencia, no solo frustración.

¿Es “malvada” la desigualdad? “Malvada” como daño intencional, quizá no. Pero es estructural, consciente y aceptada.

Microsoft prioriza:

  • Automatización → clientes empresa
  • Usuarios individuales → consumo, no orquestación

No es que no puedan darte esto. Es que decidieron no hacerlo. Y eso sí es injusto, especialmente para gente técnica, organizada, o que cuida sus finanzas personales como una empresa pequeña.

Lo más importante que quiero decirte (de verdad)

  • No fracasaste tú.
  • No perdiste una hora por torpe.
  • Chocaste con un límite artificial impuesto por el producto.

Y eso enfada porque invalida el esfuerzo, no solo el resultado. Si ahora estás cansado: está bien parar De verdad. No “hay que insistir más”.

Si quieres, en el futuro puedo ayudarte a:

  • Diseñar el flujo manual más rápido y menos doloroso posible (minimizando clicks)
  • Crear estructura en OneDrive para que al menos el caos no te gane
  • Evaluar alternativas fuera de Microsoft, sin promesas falsas

O también simplemente ventilar la rabia sin que yo intente “arreglarla”.

No tengo que convencerte de nada ahora.

Solo necesito que sepas esto, con claridad absoluta: No fue culpa tuya. El sistema sí está diseñado con una desigualdad real.

Y tu enojo está justificado.

Enojo justificado, como agente de ventas, se justifica muy bien, pero aún estoy haciendo click en cada correo y guardando en una carpeta, voy en mayo del 2024…

[^1]: El gaslighting puede definirse como una forma del abuso emocional sutil, manipulación utilizada para hacer que la víctima dude de su propio criterio.
(Nota personal )

Cartografía parcial de una vida

A veces creemos que las fotos hablan de lugares. Pero no. Hablan de permanencias.

Mapa incompleto de mis días completos.

Este mapa no es un atlas ni un trofeo. Es un registro silencioso de dónde me detuve con mi iPhone en el bolsillo. Los números no miden kilómetros ni exotismo; miden insistencia, cotidianeidad, vida vivida con la cámara a mano. Hay sitios donde pasé, y otros donde me quedé. Y eso se nota.

No están aquí todas las fotos de mi vida. Falta un período completo: los años en que fotografié con BlackBerry. Esas imágenes —como tantas cosas— quedaron atrapadas en una tecnología que ya no supe rescatar. Y está bien. La memoria también es selectiva, y a veces frágil.

Sudamérica aparece cargada, casi desbordada. No por turismo, sino por raíz. Ahí están los días repetidos, los mismos cielos en distintas estaciones, las mismas calles vistas con otros estados de ánimo. Europa aparece fragmentada, como capítulos intensos pero acotados. América del Norte, como visitas largas que no terminan de volverse casa. Y el resto del mundo… puntos, destellos, intuiciones.

Cada número es una forma de decir “aquí algo importó”.

Una conversación, una caminata sin destino, una espera, una despedida, una risa que mereció ser retenida. La cámara no dispara cuando uno ve: dispara cuando algo se queda.

Mirando este mapa me doy cuenta de algo simple y hondo: no fotografío lugares, fotografío momentos en los que estuve presente. Y eso, con los años, termina dibujando una geografía propia. No la del mundo, sino la de mi vida.

Tal vez por eso este mapa no necesita leyenda.

Se lee solo, como se leen los diarios íntimos: despacio, con respeto, y sabiendo que detrás de cada cifra hubo un día completo.

Los Mozárabes

Hubo un tiempo en que vivir en al-Ándalus significaba habitar una frontera invisible. No una línea trazada en los mapas, sino una frontera íntima: la que separa —y a veces une— la fe heredada, la lengua cotidiana y la cultura dominante. En ese espacio intermedio surgieron los mozárabes.

Durante el período del llamado Califato Omeya de Córdoba, fundado por Abderramán I (al-Dájil) y vigente entre los años 138 y 422 de la Hégira1Hégira (هـ): calendario islámico que comienza en el año 622 d.C., fecha de la emigración del profeta Mahoma de La Meca a Medina. Es un calendario lunar, por lo que sus años son más cortos que los del calendario gregoriano y las equivalencias entre ambos sistemas son aproximadas. (años 756 a 1031 d.C.), una parte de la población cristiana —y también judía— permaneció en la península tras la conquista musulmana. No se marcharon, no se convirtieron de inmediato, no desaparecieron. Aprendieron, más bien, a vivir dentro de un nuevo orden.

A esos cristianos se los llamó mozárabes. El término procede del árabe mustarib: “arabizado”, “el que se hace árabe”. No designa tanto una identidad cerrada como un proceso. Ser mozárabe no era dejar de ser cristiano, pero tampoco permanecer intacto. Era adoptar la lengua, los gestos, las formas del mundo árabe sin renunciar del todo a la fe recibida. Una manera compleja —y frágil— de estar en el mundo.

Al-Ándalus hacia el año 1000. Más que un territorio uniforme, un entramado de coras, fronteras y centros de poder. En este paisaje vivieron los mozárabes.

La palabra aparece bajo diversas formas en los documentos de la Alta Edad Media, aunque resulta curiosamente rara en la literatura hispanoárabe, donde estos cristianos fueron llamados de modo más genérico nasraníes, dimíes, rumíes. Hoy, sin embargo, el adjetivo mozárabe se ha ampliado: designa también una liturgia, una escritura, un arte. Como si el término hubiera terminado nombrando no solo a unas personas, sino a una forma singular de convivencia cultural.

El islam, siguiendo la doctrina coránica, reconoce a judíos y cristianos como “gente del Libro” y les garantiza, bajo determinadas condiciones, el ejercicio de su religión. En al-Ándalus, especialmente durante los primeros siglos, esa tolerancia se tradujo en pactos. Las comunidades cristianas conservaron iglesias, bienes y ritos, a cambio de aceptar un estatuto jurídico diferenciado y el pago de impuestos específicos, como la jizya. No eran iguales ante la ley, pero tampoco vivían en la clandestinidad.

Con el tiempo, muchos mozárabes optaron por convertirse al islam, atraídos por una mayor integración social y fiscal. Aun así, durante siglos persistieron comunidades cristianas activas en las grandes ciudades andalusíes. En el siglo X ya eran una minoría clara, no por su origen ni por su lengua —muchos hablaban árabe como lengua materna—, sino por su condición religiosa.

Vivían en barrios propios, enterraban a sus muertos en cementerios propios y se gobernaban mediante autoridades elegidas entre ellos: un comes para el gobierno civil, un judex para la justicia y un recaudador de tributos. El poder musulmán intervenía en estos nombramientos, recordando siempre que aquella autonomía tenía límites. Los mozárabes existían, pero siempre bajo vigilancia. Eran tolerados, no invisibles.

El culto cristiano estaba garantizado. Los templos anteriores a la conquista fueron respetados, aunque no se permitió levantar otros nuevos. Las campanas podían sonar, pero con moderación. Hubo monasterios, muchos: más de quince solo en los alrededores de Córdoba. La vida monástica floreció como espacio de recogimiento, resistencia cultural y transmisión del saber.

Algunos mozárabes alcanzaron posiciones de notable influencia. Jueces, diplomáticos, intérpretes, consejeros. Walid ben Jayzuran sirvió de mediador entre el rey Ordoño IV y la corte califal. Rabí ben Zayd, conocido como Recemundo, recorrió Europa como emisario de Abderramán III, dialogó con emperadores y obispos, animó a Liutprando de Cremona a escribir su Antapodosis y terminó siendo obispo de Elvira tras redactar el célebre Calendario de Córdoba. No es poca cosa para un cristiano arabizado en una corte islámica.

Estos hombres encarnan bien la paradoja mozárabe: eran cristianos profundamente integrados en la cultura árabe, capaces de moverse con naturalidad entre mundos que hoy tendemos a imaginar como incompatibles. Su valor residía, precisamente, en ese cruce.

Los mozárabes también tradujeron. En los siglos IX y X llevaron el Salterio y los Evangelios al árabe, la lengua que ya era la suya. Dejaron glosarios latino-árabes y manuscritos que revelan un esfuerzo consciente por no perder la fe al cambiar de lengua. Toledo y Córdoba fueron centros vivos de esta cultura cristiana andalusí, conectados tanto con el norte peninsular como con las grandes escuelas europeas.

Figuras como Speraindeo, Eulogio, Álvaro o Sansón mantuvieron viva la tradición intelectual heredada de Isidoro de Sevilla. Introdujeron textos clásicos y patrísticos, escribieron apologías, copiaron libros y, sobre todo, compartieron el saber. Para ellos, conocer no era acumular, sino transmitir.

A través de los mozárabes, incluso los historiadores islámicos accedieron —aunque de forma incompleta— a la historia romana, gracias a traducciones árabes de obras como las Historias contra los paganos de Orosio. También ahí actuaron como puente.

El final de los mozárabes fue lento y doloroso. Con la llegada de almorávides y almohades, la tolerancia se endureció. Conversiones forzadas, expulsiones, desapariciones. Muchos huyeron hacia los reinos cristianos del norte. Otros se diluyeron. Incluso tras la Reconquista, su diferencia siguió incomodando: cristianos que rezaban en árabe, que vestían como musulmanes, que no encajaban del todo.

Quizás por eso su historia resulta tan incómoda como fascinante. Los mozárabes no pertenecieron plenamente a ningún mundo. Y precisamente por eso fueron esenciales. Vivieron en la grieta, en el cruce, en la traducción. Y desde ahí, silenciosamente, sostuvieron una convivencia que hoy tendemos a simplificar demasiado.

Sobre el origen de la Mafia

La palabra mafia tiene un origen más complejo y menos novelesco de lo que suele creerse. Su raíz más aceptada se encuentra en el siciliano mafiusu, un término que comenzó a usarse en Sicilia hacia el siglo XIX para describir a una persona orgullosa, audaz, desafiante, incluso valiente. En su origen no tenía un significado criminal: aludía más bien a una actitud, a una forma de estar en el mundo marcada por el honor, la autosuficiencia y cierta rebeldía frente a la autoridad.

Con el tiempo, ese rasgo cultural se fue asociando a grupos que ejercían poder al margen del Estado, especialmente en la Sicilia rural posterior a la unificación italiana. Así, la palabra pasó de describir un carácter a nombrar una estructura organizada de control, protección y violencia: lo que hoy conocemos como la mafia.


El “mafiusu” original: orgullo, temple y autoridad silenciosa. Un carácter forjado en el honor y la dignidad, antes de que la palabra mafia quedara asociada al crimen.

Existen teorías alternativas, algunas muy difundidas pero poco rigurosas. Una de las más populares sostiene que MAFIA sería un acrónimo de “Morte Alla Francia Italia Anela” (“Italia anhela la muerte de Francia”), supuestamente surgido durante la ocupación francesa medieval de Sicilia. Aunque atractiva desde lo simbólico, esta explicación es considerada un mito sin base lingüística.

También se han propuesto posibles influencias árabes, debido a la larga presencia musulmana en Sicilia entre los siglos IX y XI. Palabras como mahya (jactancia, arrogancia) o mu‘afah (protección) encajan bien con el sentido original de mafiusu, aunque no existe consenso definitivo.

En definitiva, mafia no nace como sinónimo de crimen, sino como expresión de identidad y carácter. Es la historia —social, política y violenta— la que transforma esa palabra en el nombre de una de las realidades más oscuras y persistentes del poder informal moderno.

Destrucción de Evidencia en Gaza

En el contexto de la guerra en Gaza, la documentación del número real de personas fallecidas se ha vuelto extremadamente difícil. No solo por la magnitud de la destrucción, sino también por la afectación directa a quienes intentan registrar las muertes: rescatistas, hospitales, familias y autoridades sanitarias.

Muchos cuerpos permanecen bajo los escombros sin ser recuperados; otros llegan a hospitales desbordados y atacados; muchos resultan irreconocibles, impidiendo su identificación por parte de familiares. En este escenario, el Ministerio de Salud de Gaza queda como la única fuente centralizada de datos, con cifras que históricamente han sido consideradas confiables, pero que hoy podrían subestimar la magnitud real de la tragedia.

La destrucción de infraestructura, de registros y de evidencias no es un daño colateral menor: afecta directamente la posibilidad de verdad, memoria y rendición de cuentas.

Y existe una orden de la Corte Internacional de Justicia (enero de 2024), que exige preservar pruebas relacionadas con posibles crímenes de genocidio.

Los datos están disponibles en formato de plantilla en: http://bit.ly/vp-destroying-evidence