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Banderas que ya no alcanzan

Como gran parte de lo que me mueve, todo parte, para mí, de una pregunta. Hoy me levanté pensando ¿porque gran parte de las banderas de Medio Oriente comparten una cuatríada simbólica (panarabismo cromático)? La repetición del verde, blanco, negro y rojo no es casual. Es una tetracromía cargada de sentido: un sistema visual completo que remite a una historia compartida, anterior y superior a los Estados que hoy dicen representar. En términos simplificados, me atrevo a aventurar:

  • El verde, remite al islam, al paraíso, a lo sagrado.
  • El negro a los abasíes, pero también al duelo y la resistencia.
  • El blanco a los omeyas, pureza y legitimidad.
  • El rojo a la sangre, la revuelta, el sacrificio.

Son banderas narrativas: cuentan una historia larga, compartida, casi civilizatoria. En Yemen, Palestina, Sudán (parcialmente), Siria, Irak, Jordania, Egipto, la bandera no solo identifica un Estado, sino una pertenencia supraestatal. Por eso, incluso cuando el Estado colapsa, la bandera sigue “hablando”.

Bien, que pasa con la bandera de Israel?. Aquí me aparece algo interesante: es una “proposición” distinta, rompe completamente con esa gramática visual. Azul y blanco, sin rojo, sin negro, sin verde. Es una bandera que no dialoga con el entorno regional, sino que mira hacia otro eje simbólico:

  • El blanco como pureza ritual.
  • El azul ligado al talit y a una tradición religiosa específica, pero también a una estética moderna, casi europea.
  • La estrella de David como signo inequívoco de identidad étnico-religiosa, no civilizatoria compartida.

Mientras las banderas árabes dicen “somos parte de algo mayor”, la israelí dice “somos esto, y somos distintos”. Visualmente, eso ya contiene el conflicto: una alteridad que no se integra cromáticamente al paisaje simbólico regional.

Entonces, me obligo a dar una vuelta más a mi necesidad de comprensión de lo que define al conflicto entre Palestina e Israel. Ya no desde las cifras, ni de capacidad militar, ni siquiera de impacto mediático, si no de aquello que revela algo esencial sobre el mundo que estamos habitando. Aquello que desnuda límites: del Estado, del derecho, del lenguaje, de nuestra propia moral colectiva.

Si miramos el mapa actual de los conflictos bélicos —Ucrania/Rusia, Palestina/Israel, Sudán, Yemen, Myanmar— aparece un patrón inquietante: no son solo disputas por territorio. Son conflictos donde el Estado ya no alcanza para explicar lo que está en juego. Donde la guerra ocurre en un plano supraestatal: social, cultural, simbólico, religioso.

Las banderas siguen ondeando. Pero lo que representan está fracturado.

Vuelvo al mundo árabe, muchas banderas comparten una gramática visual común: rojo, blanco, negro y verde. No es casualidad. Es una narrativa. Son símbolos que hablan de civilización, de fe, de sacrificio, de continuidad. Incluso cuando los Estados colapsan, esas banderas siguen diciendo “pertenezco”.

Punto y aparte: Israel. Azul y blanco. Sin verde. Sin rojo. Sin negro. Una bandera que no dialoga cromáticamente con su entorno regional, porque tampoco dialoga simbólicamente.

No es una crítica estética: es una constatación política. Esa bandera expresa otra genealogía, otro marco mental, otra traducción de la identidad al lenguaje del Estado moderno.

Aquí quiero ser explícito sobre mi parcialidad, porque no creo en la falsa neutralidad. Tengo linaje palestino, de Belén. Y mi posición no es contra Israel como pueblo, sino contra una ideología política concreta: la que, desde Theodor Herzl, tradujo una identidad religiosa y cultural milenaria en un proyecto nacional moderno, asentado sobre una tierra ya habitada. El concepto de “retorno” dejó de ser simbólico para volverse programa, Eretz Israel dejó de ser teológico para volverse geopolítico.

Desde entonces, lo que se ocupa no es solo territorio. Se ocupa espacio vital: quién puede moverse, rezar, recordar, enterrar, volver. Se administra la vida cotidiana cargada de trascendencia.

Por eso el conflicto palestino-israelí no se resuelve como otros. Porque no pertenece del todo al mundo moderno, aunque lo padezca con armas modernas y transmisión en tiempo real. No es solo una disputa entre Estados; es una lucha por el control de un espacio simbólico que no admite partición simple.

Y ahí el mundo entra en cortocircuito.

El derecho internacional se vuelve retórico.

El lenguaje se quiebra.

Las palabras —seguridad, terrorismo, autodefensa, genocidio— dejan de describir y pasan a ser armas.

He trabajado con niños refugiados en Gaza. Antes de escribir, antes de teorizar. Y quizá por eso me cuesta aceptar que esta posición sea leída como fanatismo. No hay odio aquí. Hay límite. Hay memoria. Hay una negativa a aceptar que todo sea equivalente, intercambiable o simétrico.

Tal vez ese sea el signo más claro de nuestro desastre planetario: seguimos usando banderas —símbolos de orden— para cubrir conflictos que existen precisamente porque el orden ya no alcanza.

Las banderas ondean.

Pero debajo, el mundo se desborda.

La imagen que me detuvo

No estaba buscando nada.

Familia Moro, viñateros. Fotografía del siglo XX encontrada en una taberna.

Estaba en una taberna —una de esas donde el tiempo parece quedarse un poco más de lo debido— cuando una imagen en la pared me obligó a detenerme. No era grande ni especialmente llamativa. Una fotografía antigua, en blanco y negro: una familia en una viña. Un hombre trabajando, una mujer sosteniendo uvas, dos niños mirando a la cámara. Y unas sonrisas. Sonrisas honestas, felices, orgullosas.

Me quedé mirándola más de lo razonable.

No sabía quiénes eran. Tampoco dónde. Pero había algo ahí que no era decorativo. Esa imagen no estaba colgada para ambientar. Estaba ahí porque contaba algo.

La sonrisa de la niña pequeña fue la que terminó de atraparme. No es una sonrisa aprendida, ni posada. Es la sonrisa de quien participa, de quien pertenece, de quien está contenta simplemente por estar. Pensé: aquí hay una historia.

Después vino la curiosidad, casi inevitable. Resultó que esa familia era la familia Moro. Viñateros. Gente de campo. Generaciones trabajando la vid. Lo que hoy conocemos como Bodegas Emilio Moro —una bodega reconocida en la Ribera del Duero— empieza exactamente ahí. No en una marca, ni en una denominación, ni en una etiqueta. Empieza en escenas como esa.

Y eso es lo que más me interesa de la foto.

Porque nada en esa imagen habla de éxito futuro. No hay épica, ni ambición visible, ni relato construido. Solo hay trabajo compartido y una dignidad tranquila. Personas que hacen bien lo que saben hacer, sin saber que décadas después alguien, en una taberna cualquiera, se detendría a mirarlos.

La fotografía no vende vino. No intenta convencer. No promete nada. Solo muestra. Y al hacerlo, recuerda algo esencial: que muchas historias importantes no empiezan como historias importantes. Empiezan como vidas normales, vividas con cuidado, constancia y orgullo.

Quizás por eso la imagen sigue ahí, colgada. Porque todavía funciona. Porque todavía nos mira.

Y porque a veces basta con prestar atención a una imagen encontrada para descubrir que el mundo está lleno de historias esperando ser vistas.

Los Mozárabes

Hubo un tiempo en que vivir en al-Ándalus significaba habitar una frontera invisible. No una línea trazada en los mapas, sino una frontera íntima: la que separa —y a veces une— la fe heredada, la lengua cotidiana y la cultura dominante. En ese espacio intermedio surgieron los mozárabes.

Durante el período del llamado Califato Omeya de Córdoba, fundado por Abderramán I (al-Dájil) y vigente entre los años 138 y 422 de la Hégira1Hégira (هـ): calendario islámico que comienza en el año 622 d.C., fecha de la emigración del profeta Mahoma de La Meca a Medina. Es un calendario lunar, por lo que sus años son más cortos que los del calendario gregoriano y las equivalencias entre ambos sistemas son aproximadas. (años 756 a 1031 d.C.), una parte de la población cristiana —y también judía— permaneció en la península tras la conquista musulmana. No se marcharon, no se convirtieron de inmediato, no desaparecieron. Aprendieron, más bien, a vivir dentro de un nuevo orden.

A esos cristianos se los llamó mozárabes. El término procede del árabe mustarib: “arabizado”, “el que se hace árabe”. No designa tanto una identidad cerrada como un proceso. Ser mozárabe no era dejar de ser cristiano, pero tampoco permanecer intacto. Era adoptar la lengua, los gestos, las formas del mundo árabe sin renunciar del todo a la fe recibida. Una manera compleja —y frágil— de estar en el mundo.

Al-Ándalus hacia el año 1000. Más que un territorio uniforme, un entramado de coras, fronteras y centros de poder. En este paisaje vivieron los mozárabes.

La palabra aparece bajo diversas formas en los documentos de la Alta Edad Media, aunque resulta curiosamente rara en la literatura hispanoárabe, donde estos cristianos fueron llamados de modo más genérico nasraníes, dimíes, rumíes. Hoy, sin embargo, el adjetivo mozárabe se ha ampliado: designa también una liturgia, una escritura, un arte. Como si el término hubiera terminado nombrando no solo a unas personas, sino a una forma singular de convivencia cultural.

El islam, siguiendo la doctrina coránica, reconoce a judíos y cristianos como “gente del Libro” y les garantiza, bajo determinadas condiciones, el ejercicio de su religión. En al-Ándalus, especialmente durante los primeros siglos, esa tolerancia se tradujo en pactos. Las comunidades cristianas conservaron iglesias, bienes y ritos, a cambio de aceptar un estatuto jurídico diferenciado y el pago de impuestos específicos, como la jizya. No eran iguales ante la ley, pero tampoco vivían en la clandestinidad.

Con el tiempo, muchos mozárabes optaron por convertirse al islam, atraídos por una mayor integración social y fiscal. Aun así, durante siglos persistieron comunidades cristianas activas en las grandes ciudades andalusíes. En el siglo X ya eran una minoría clara, no por su origen ni por su lengua —muchos hablaban árabe como lengua materna—, sino por su condición religiosa.

Vivían en barrios propios, enterraban a sus muertos en cementerios propios y se gobernaban mediante autoridades elegidas entre ellos: un comes para el gobierno civil, un judex para la justicia y un recaudador de tributos. El poder musulmán intervenía en estos nombramientos, recordando siempre que aquella autonomía tenía límites. Los mozárabes existían, pero siempre bajo vigilancia. Eran tolerados, no invisibles.

El culto cristiano estaba garantizado. Los templos anteriores a la conquista fueron respetados, aunque no se permitió levantar otros nuevos. Las campanas podían sonar, pero con moderación. Hubo monasterios, muchos: más de quince solo en los alrededores de Córdoba. La vida monástica floreció como espacio de recogimiento, resistencia cultural y transmisión del saber.

Algunos mozárabes alcanzaron posiciones de notable influencia. Jueces, diplomáticos, intérpretes, consejeros. Walid ben Jayzuran sirvió de mediador entre el rey Ordoño IV y la corte califal. Rabí ben Zayd, conocido como Recemundo, recorrió Europa como emisario de Abderramán III, dialogó con emperadores y obispos, animó a Liutprando de Cremona a escribir su Antapodosis y terminó siendo obispo de Elvira tras redactar el célebre Calendario de Córdoba. No es poca cosa para un cristiano arabizado en una corte islámica.

Estos hombres encarnan bien la paradoja mozárabe: eran cristianos profundamente integrados en la cultura árabe, capaces de moverse con naturalidad entre mundos que hoy tendemos a imaginar como incompatibles. Su valor residía, precisamente, en ese cruce.

Los mozárabes también tradujeron. En los siglos IX y X llevaron el Salterio y los Evangelios al árabe, la lengua que ya era la suya. Dejaron glosarios latino-árabes y manuscritos que revelan un esfuerzo consciente por no perder la fe al cambiar de lengua. Toledo y Córdoba fueron centros vivos de esta cultura cristiana andalusí, conectados tanto con el norte peninsular como con las grandes escuelas europeas.

Figuras como Speraindeo, Eulogio, Álvaro o Sansón mantuvieron viva la tradición intelectual heredada de Isidoro de Sevilla. Introdujeron textos clásicos y patrísticos, escribieron apologías, copiaron libros y, sobre todo, compartieron el saber. Para ellos, conocer no era acumular, sino transmitir.

A través de los mozárabes, incluso los historiadores islámicos accedieron —aunque de forma incompleta— a la historia romana, gracias a traducciones árabes de obras como las Historias contra los paganos de Orosio. También ahí actuaron como puente.

El final de los mozárabes fue lento y doloroso. Con la llegada de almorávides y almohades, la tolerancia se endureció. Conversiones forzadas, expulsiones, desapariciones. Muchos huyeron hacia los reinos cristianos del norte. Otros se diluyeron. Incluso tras la Reconquista, su diferencia siguió incomodando: cristianos que rezaban en árabe, que vestían como musulmanes, que no encajaban del todo.

Quizás por eso su historia resulta tan incómoda como fascinante. Los mozárabes no pertenecieron plenamente a ningún mundo. Y precisamente por eso fueron esenciales. Vivieron en la grieta, en el cruce, en la traducción. Y desde ahí, silenciosamente, sostuvieron una convivencia que hoy tendemos a simplificar demasiado.

Sobre el origen de la Mafia

La palabra mafia tiene un origen más complejo y menos novelesco de lo que suele creerse. Su raíz más aceptada se encuentra en el siciliano mafiusu, un término que comenzó a usarse en Sicilia hacia el siglo XIX para describir a una persona orgullosa, audaz, desafiante, incluso valiente. En su origen no tenía un significado criminal: aludía más bien a una actitud, a una forma de estar en el mundo marcada por el honor, la autosuficiencia y cierta rebeldía frente a la autoridad.

Con el tiempo, ese rasgo cultural se fue asociando a grupos que ejercían poder al margen del Estado, especialmente en la Sicilia rural posterior a la unificación italiana. Así, la palabra pasó de describir un carácter a nombrar una estructura organizada de control, protección y violencia: lo que hoy conocemos como la mafia.


El “mafiusu” original: orgullo, temple y autoridad silenciosa. Un carácter forjado en el honor y la dignidad, antes de que la palabra mafia quedara asociada al crimen.

Existen teorías alternativas, algunas muy difundidas pero poco rigurosas. Una de las más populares sostiene que MAFIA sería un acrónimo de “Morte Alla Francia Italia Anela” (“Italia anhela la muerte de Francia”), supuestamente surgido durante la ocupación francesa medieval de Sicilia. Aunque atractiva desde lo simbólico, esta explicación es considerada un mito sin base lingüística.

También se han propuesto posibles influencias árabes, debido a la larga presencia musulmana en Sicilia entre los siglos IX y XI. Palabras como mahya (jactancia, arrogancia) o mu‘afah (protección) encajan bien con el sentido original de mafiusu, aunque no existe consenso definitivo.

En definitiva, mafia no nace como sinónimo de crimen, sino como expresión de identidad y carácter. Es la historia —social, política y violenta— la que transforma esa palabra en el nombre de una de las realidades más oscuras y persistentes del poder informal moderno.

La curva del instinto

El arco y la flecha como invención universal… y espejo del alma humana.

Hay herramientas que parecen simples, pero que encierran una intuición profunda. El arco y la flecha no son solo una forma de cazar o guerrear: son una idea que cruzó continentes sin cruzar caminos. Aparecen en África hace 64.000 años, en Japón, en China, en las praderas americanas, en los bosques del norte europeo.

Civilizaciones que nunca se conocieron, que no compartieron rutas ni lenguajes, y que sin embargo llegaron al mismo gesto: curvar una rama, tensar una cuerda, lanzar un proyectil más allá del brazo.

Situado en el cueva de los Caballos, en el barranco de la Valltorta, en Tirig, Castellón. Se trata de pinturas rupestres levantinas fechadas hace unos 7.000 años.

¿Cómo es posible?

La respuesta está en la invención convergente: el arte de resolver el mismo problema, en distintos rincones del mundo, con la misma genialidad humana. Frente al desafío de alcanzar lo distante —una presa, un enemigo, un ideal— todas las culturas recurrieron al ingenio. Al observar la elasticidad de una rama o el vuelo de una caña, algún antepasado descubrió que podía almacenar energía… y liberarla con precisión.

Y así nació el arco. No como una copia, sino como un eco.

Quizás por eso me emociona tanto pensar en esta tecnología antigua y elegante. Porque más allá de su forma física, el arco es también una metáfora. Vivimos tensos, expectantes, cargando lo que queremos lograr. A veces, como la flecha, necesitamos ser estirados hacia atrás para poder avanzar con fuerza.

Quizás seamos todos un poco arqueros, un poco flechas. Con el alma en tensión, buscando un blanco que aún no vemos.