Hoy vuelvo a escribir en mi cumpleaños.
No porque el rito lo exija, ni porque el calendario lo sugiera, sino porque hace tres años, un 4 de enero, sentí la necesidad de detenerme y mirar con honestidad el lugar en el que estaba parado.
Ese texto sigue ahí. No lo releo con nostalgia, sino con respeto.
Si alguien quiere entender desde dónde parto hoy, probablemente convenga empezar por ahí: “Mi cumpleaños 2023”.
Entre ese texto y este han pasado muchas cosas.
No todas visibles, no todas explicables con facilidad. Algunas fueron decisiones, otras simplemente ocurrieron. Hubo cierres que no se planifican, pérdidas de lugar que no se anticipan, y silencios que llegaron sin pedir permiso.
Si algo aprendí en este tiempo es que no todo lo que se rompe hace ruido.
Hay quiebres que son discretos, casi educados, pero que te obligan a rehacerte por dentro.
También aprendí que algunas certezas —esas que uno defiende como pilares— no siempre lo son. Algunas se caen con sorprendente facilidad. Y, en contraste, otras cosas que parecían accesorias resultan ser raíz: la capacidad de pensar con calma, de sostener vínculos verdaderos, de no traicionarse en lo esencial.
Hoy me siento distinto.
No mejor, no peor. Distinto.
Hay menos urgencia por explicar, menos necesidad de convencer, menos energía puesta en demostrar. Y hay más atención en lo que vale la pena cuidar: el tiempo, la palabra, los afectos, el silencio bien habitado.
Si en 2023 escribía desde la intuición de que algo debía cambiar, hoy escribo desde la certeza de que el cambio ocurrió, aunque no siempre de la forma que imaginé.
Cumplir años, al menos para mí, sigue sin ser una celebración en el sentido clásico.
Es más bien una pausa consciente. Un momento para reconocer lo que quedó en pie, agradecer lo aprendido —incluso lo aprendido a la fuerza— y seguir caminando con un poco más de liviandad.
No tengo grandes conclusiones.
Solo la tranquilidad de estar, por primera vez en mucho tiempo, exactamente donde tengo que estar.





